jueves, 5 de junio de 2008

María Esther Burgueño y su crítica de Bodas



Salió en Caras y Caretas

PERFECCIÓN Y RENOVACIÓN: UNA FÓRMULA INFALIBLE.

Mariana Percovich fue consciente, en todo momento, de que la puesta de “Bodas de Sangre” significaba una confrontación con la tradición, a todo nivel. Poner a Lorca, en el Solís, con la Comedia y con Estela Medina, pero hacerlo interviniendo en el propio estilo de la directora: renovador, iconoclasta.

El primer elemento que se debe tener en cuenta para comprender cabalmente esta versión es el modo en que Percovich hace interactuar el texto de la obra con otros textos de Lorca, que el propio autor sentía presentes en el desenlace de “Bodas”. Se trata de la saga del Amargo, personaje al que Federico conoció en su infancia, fugazmente, y que pasó a ser para él, un “ángel de la muerte”. En Poemas del cante jondo hay un diálogo del Amargo y el Jinete, llamado Campo, y una Canción de la Madre del Amargo. En Romancero Gitano está el Romance del Emplazado. Estos tres textos investigados, aparecen y traman esta puesta de Bodas. Para ello el Jinete, el Amargo y Una voz, (narrador, personaje, acotador) tienen presencia escénica y se suman a los personajes tradicionales del drama. Recomendamos a los futuros espectadores releer estos textos y acudir al blog de la directora www.marianapercovich3.blogspot.com . Encontrarán elementos invaluables para la mejor comprensión del enorme trabajo hecho en esta, su tercera dirección, al frente de la Comedia.
Despojamiento, luz, atmósfera.
Frente a la sobrecarga escénica que suelen hacer los directores tradicionales que siguen las indicaciones escénicas del autor, Percovich muestra un espacio despojado. Sábanas blancas cuelgan a los lados de la platea. Una telaraña de hilos rojos pende sobre los espectadores.
Una voz, Oscar Serra, recoge las sábanas. Entran los actores formando un cuadro al fondo. Las luces de la platea permanecen encendidas. La directora ha dicho: “Las sábanas tienen enormes posibilidades: peso, formas, sugerencia, metáforas, objetos concretos, sombras, hay mucho por probar con el objeto escénico que propuso Osvaldo Reyno”. Las sábanas que aparecen con frecuencia en la obra de Lorca desde el doble sentido, antitético, que encierra el título de la pieza. La boda, como encuentro carnal de las mujeres y los hombres, la sábana nupcial; y el sino de la muerte donde la sábana es mortaja. Cuando las luces de sala se apagan, el fondo de la escena, gigantesca pantalla, se tiñe de azul. Los actores portan más sábanas que son distribuidas formando un damero con cinco recuadros blancos. ¿Cinco hombres y cinco mujeres? ¿La quinta esencia? ¿El destino que rige el azar de la muerte y que involucra a los cinco hombres que están en la escena? Allí comienza la saga del Amargo jugada entre Worobiov, como el Jinete vestido de negro y el Amargo, una creación de Bolani, totalmente de blanco, que se va integrar al campo más ambiguo de la obra, en que este formidable actor maneja un tono leve, irónico, femenino, desdramatizador de los momentos más fuertes simbólicamente. La marcación actoral de Bolani incluye algunos de los aspectos de mayor impacto en la platea, sobre todo en la escena inicial del Acto III, cuando se produce la persecución de los amantes en el bosque y aparecen todos los personajes simbólicos como la Luna, la Muerte o la Mendiga.
Luego la voz anuncia: “Bodas de sangre” marcando el límite ficcional. La escena se tiñe de rojo y da comienzo el texto como lo conocemos. Pero no exactamente.

Abanicos, navajas, rap. El rítmico reloj de la muerte.
Es imposible en este espacio detenernos sobre cada detalle de la puesta. No hay un instante en que la contraescena no sea fundamental en la lectura de esta obra que, vimos dos veces en tres días, y que aún sigue provocándonos. Pero la directora se vale de los objetos: las navajas de Lorca, los abanicos (como en Playa desierta), el taconeo, la implacable coreografía constante de Inthamousú. Todo suena y subraya; es un énfasis conceptual que al mismo tiempo marca el ritmo de la obra y el avance hacia la tragedia. Cada elección de color es impecable, cada uso de las sábanas es tan creativo que uno sed pregunta cómo no se dio cuenta antes de que ese objeto doméstico es columna, pared, pantalla, bosque. El momento de la célebre Nana de la mujer y la madre de Leonardo, convertido en rap (al igual que parte de la escena de la Luna y la Muerte) es sencillamente antológico, como resultado de la originalidad de la idea y de la perfección en la realización de la misma por parte de Andrea Davidovicz y Elisa Contreras.

Los objetos reales y simbólicos. Una manzana verde que ocupa el lugar de los regalos que el Novio lleva en la petición, circula de mano en mano, con el lúgubre mensaje que este color tiene para el autor. La novia, en su primer encuentro escénico con Leonardo, pela una naranja cuyas cáscaras arroja furiosa, como queriendo despojarse de su sentimiento frutal y húmedo hacia ese hombre prohibido.
Por otro lado el tocado de la novia, el extraño traje de la Luna en el acto III, el miriñaque de huesos de la muerte, remiten a Mathew Barney, al flamenco zúrrela, a la pesadilla de lo inevitable.
Pero luego de atreverse a extraviarnos en ese mundo de contrasentidos, la directora reencauza a todo su elenco, sin fisuras, revelando una mano maestra detrás, (qué gusto reencontrarse con el mejor Fabricio Galbiatti, o con el rendimiento óptimo de cada uno de los que allí están), reencauza, decíamos, la obra a su vertiente más textual. Y es así que Estela Medina, sobre fondo rojo, con todo el elenco formando un negro cortejo de fondo, que recuerda la danza de la muerte en El séptimo sello de Bergman, hace el célebre monólogo de la madre en el estilo que le es tradicional. A esta altura ya es un dato conocido que esta es la tercera vez que Estela Medina hace Bodas. Cuando era una criatura hizo la niña, dirigida por Xirgu, luego hizo la Novia y ahora se despide de la Comedia con una Madre memorable.
El día del estreno se homenajeó públicamente a la enorme actriz. Mario Ferreira, director artístico de la Comedia le hizo entrega de un regalo en nombre de todo el elenco y, a él, como a todos los presentes, se le quebró la voz en llanto. Un Solís de pie aplaudió a Estela. Y un Solís de pie, agradeció que su retiro se diera en el marco esplendoroso de este espectáculo perfecto, que no es fruto del azar sino del trabajo, la investigación y la inteligencia. Una mezcla inatacable.

María Esther Burgueño